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viernes, 24 de diciembre de 2010

Timadores vascohispanocatalanes

Un cajero en un supermercado español.
Nunca creí que fuera a escribir una entrada así.

En primer lugar, porque buena parte de mis lectores son hispanoamericanos. Y, en segundo lugar, porque las gallinitas mariacomplejadas españolas enseguida me tildarían de xenófobo. Pero hoy me han amargado el día de Nochebuena -al menos, la mañana del día.

Hace unas horas me acerqué a realizar una compra de última hora a Caprabo, cadena de alimentación vascocatalana bastante conocida en nuestro país.

Pues bien, para pagar mi compra -que ascendía sólo a 4,95 euros- saqué un billete de 50 euros, pues no disponía de cambio. El billete lo puse en mi mano antes de que cobrasen al señor que tenía delante, para que la cajera viera que no disponía de un billete más pequeño y, luego, no hubiera problemas con el cambio. La cajera en cuestión era una señora hispanoamericana -por su fisonomía, quizás peruana, quizás ecuatoriana- que no dejaba de mirar al susodicho billete. "Tendrá cambio -pensé- pues, si no, ya me hubiera preguntado si no tenía un billete más pequeño".

Pues bien, tras darle el billete, la mujer estuvo comprobando el mismo para ver si era falso o no, como se hace habitualmente ante cantidades relativamente grandes...

Pero, tras meterlo en la caja, me devuelvió sólo 5 céntimos...

"¡Señora! -le espeté- si le he dado 50 euros..."

"Yo sólo he visto un billete de 5 euros" -me dice muy, pero que muy tranquila...

Por más que porfié con ella y le dije que el billetuelo en cuestión tenía un borde muy doblado, pues no me cabía de otra forma en el exiguo monedero que llevaba, me decía que no y que no... Eso sí, extrañamente tranquila, impasible y con un gesto de desprecio hacia mí indescriptible...

Me acordé entonces de los típicos tópicos que nos infligen a los españoles cuando dicen que miramos con altivez a los sudamericanos... cuando es justo lo contrario... Parece -a veces- que les debemos la vida.

Pues bien, la despreciante cajera -que no despreciable- llamó a una encargada, que, a su vez, convocó a otra encargada y, ésta, a otra y a "seguridad". Yo ya estaba dispuesto a ir a comisaría -sabiendo que esto es inútil, puesto que en las comisarías españolas sólo te atienden si oyes que alguien ha pronunciado la palabra "jamón".

Por supuesto, nadie había visto el billete que entregué a la señora: ni el hombre que iba delante ni las doscientas viejas que ahora se arremolinaban junto a mí para ver qué pasaba, sin ver lo que había pasado...

Con la típica eficiencia vascocatalana, contaron una y otra vez la caja, acudieron a listados de pedidos, etc...

Total... que pasó casi media hora hasta que comprobaron que, efectivamente, yo tenía razón...

Me devolvieron el dinero y una de las multiencargadas se disculpó amablemente -eso sí, tras haberme hecho perder media hora en un día en el que andaba con tremenda prisa, haberme dado un disgusto de tres pares de maricomplejines y de haberme mantenido ante una clientela que me miraba a mí como si fuera el delincuente: lo típico de los microespañoles, que, prejudicialmente, piensan: "ya está aquí el racista español metiéndose con la pobre emigrante".

La cajera -por supuesto- en ningún momento se disculpó y me siguió mirando con ese gesto impasible de desprecio -con la barbilla bien alta-, como un falso ídolo inca.

Esta anécdota se complementa con una similar que sufrió mi pobre madre, no hace mucho, en el mismo establecimiento -al que he jurado no volver jamás y al que recomiendo a ustedes que nunca acudan:

Ella, hace poco más de un año, entregó otro billete de 50 euros a otra impasible hispana -quizás fuese la misma- que le dijo que sólo había entregado 10. Al menos, a ella, le devolvieron el dinero rápido, no como a mí, aunque el disgusto le afectó mucho, pues estuvo meses y meses recordándomelo.

Les dije que me parecía una auténtica vergüenza que los caprabistas -y otros establecimientos españoles- contratasen por doquier inmigrantes tan inútiles -por no decir "timadores", ya que esta señora había estado un buen rato mirando el billete- mientras que millones de españoles estábamos en el más desamparado paro, algunos -como yo- sin cobrar siquiera un triste subsidio...

Triste realidad ésta, señores.

Y lo dicho: nunca compren -pero nunca- en el [d]eficiente Caprabo.

Ya está bien de dejar el dinero a tanto vasco, catalán o hispano que nos miran y tratan con tanta altivez y desprecio a los demás españoles.




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